«Predator», un alienígena con sentido del humor

Cuando Predator despertó –allá por 1987–, Shane Black ya estaba allí, en la selva centroamericana, junto al resto de mercenarios destinados a morir a manos (y mordiscos) de este cazador alienígena todo él compuesto de vértebras vistas, mucosa, sangre, incisivos kilométricos y rastas a lo Whoopi Goldberg (la broma es de la secuela que nos ocupa). De aquella escabechina solo quedó Arnold Swarzenegger, quién si no el más musculado de todos, el más listo de la clase en esta merienda de humanos. Aquel depredador se inmoló en la selva, pero su especie, los Yautja, no ha permitido que la gran pantalla se olvide de ellos, hasta completar, con la presente, cuatro entregas y dos «crossovers» en los que medían fuerzas con las criaturas de la franquicia de «Alien».

Y ahora volvemos a Shane Black, que estaba ahí en 1987, y está en este 2018 a los mandos de la secuela «Predator». Entonces era actor de segunda fila. «Aquella fue una experiencia extraña y mágica. Habíamos entrenado con un militar experto, aprendimos a andar por la selva, agarrar las armas, hacer señas… Formábamos parte de algo, éramos una unidad de soldados y actores increíbles», recuerda. Con el tiempo ha derivado en el guión y la dirección, como con «Iron Man 3» (2013). En varios de sus trabajos ha colaborado con el libretista Fred Dekker, amigo de toda la vida, con quien ha emprendido la tarea de revivir esta franquicia con las miras puestas en la nostalgia ochentera: «Ha sido como volver a encontrarnos con las películas de acción que veíamos de niños. Queríamos hacer una cinta nueva pero honrar también la primera, porque volviendo la vista atrás resulta ser algo viejo pero fresco a la vez». Como los hermanos Duffer en «Stranger Things», en el filme de Black los predators recorren los suburbios de un pequeño pueblo: «Me gusta que anden por sitios por los que no deberían estar, pues pertenecen a la jungla y no a un colegio. Es un guiño a las películas de invasiones alienígenas de los ochenta».

Apostar por la improvisación

Dicen los «fans» de la saga que el giro ochentero está conseguido a pesar de los efectos propios de este tiempo digital. Hay en «Predator» humor macarra y desprejuiciado, una pandilla de tarados como héroes casuales, criaturas de aspecto aceptablemente analógico, acción sin remilgos y no apta para menores. «Está bien no tener que ser tan cuidadosos con todo –confiesa Black–. Hoy en día miden mucho las películas de acción, hay que ser muy preciso con lo que se dice y se hace. Antes había filmes de este género de acción intensa y dura, que corrían riesgos». El éxito de productos menos empaquetados como «Deadpool» ha permitido que Fox le abra la mano a este director: «Aquí se ve cómo matan a gente y somos honestos con la acción. Esa actitud es muy ochentera». Para Olivia Munn y Boyd Holbrook, protagonistas de la historia, es curioso que los estudios, «que suelen pedir garantías y no improvisación, hayan apostado por un director que precisamente improvisa a cada momento».

Holbrook aterriza en la saga después de pasar por «Narcos», en la que interpreta al agente de la DEA Steve Murphy. En «Predator» da vida a Quinn McKenna, el protagonista que Black ideó como «un héroe más clásico, al estilo de John Cassavets. Me gusta esa noción de un soldado realista, aunque, por otro lado, me resulta divertido que los héroes estén un poco locos, un poco rotos. Busco crear conflictos entre personajes marginales y ver qué sale, como el niño pequeño que es incomprendido y la científica que no se comunica con la gente porque solo le gustan los animales». Se refiere a Casey Bracket, el personaje de Munn, otra actriz forjada en el mundo de las series, específicamente en «The Newsroom» (aunque ya tiene experiencia en películas de acción gracias a sus papeles en «X Men: Apocalipsis» y «Iron Man 2»).

Tratándose de la cuarta entrega de la franquicia, que además se ha popularizado gracias a los videojuegos basados en ella, como «Concrete Jungle», Black tenía muchas referencias que tomar en cuenta o desdeñar. Sobre el primer filme, el del ochenta y siete, afirma que «quería meter elementos que la gente reconociera, pero sin copiarla», en cambio, con los videojuegos marcó una distancia mayor: «Consideramos emplear elementos de “Concrete Jungle”, pero no todo se puede reducir a lo que sucede en el juego. Me gusta verlos como referencia, pero mi intención era que no pareciera un videojuego porque, en algunas películas de los últimos años sucede que te preguntas dónde está el cámara. El ojo sabe que, aunque sea bonito, se ve raro, algo no encaja».

En cada filme los Yautja han metamorfoseado, a lo que Black suma sus propias ideas de evolución: «A medida que van matando gente conservan su ADN –algo que es en parte ciencia ficción y en parte tribal y mitológico– y lo utilizan para obtener la fuerza de su enemigo. Este grupo de predators está muy enfadado con la Tierra y, en nuestra imaginación, han decidido vengarse haciendo trampas, como quien toma esteroides. Pero el otro Predator de la película no es así, es el anticuado. Es divertido meter criaturas con distintas filosofías».

Apostar por la improvisación

Si la película con la que nació esta lucrativa saga contó con un presupuesto de 18 millones de dólares (15 millones y medio de euros) –ojo, era 1987–, el de la última fue de 88 millones, gran parte de los cuales esperan recuperar en el fin de semana de su estreno. Se estima que tan solo en Estados Unidos recaude entre 25 y 32 millones en tres días, pero si la fórmula ochentera y desenfadada de Black funciona, el monto final seguramente estará muy por encima, considerando que de los cuatro filmes el que menos taquilla hizo fue el protagonizado por Danny Glover, «Predator 2» (1990), con cerca de 49 millones de euros. Los «crossovers», por su parte, han resultado ser los más lucrativos: la primera «Alien vs. Predator» recaudó casi 148 millones de euros y la segunda, 111 millones.

Source: Cine

Fuente Original: «Predator», un alienígena con sentido del humor

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