El vértigo de ser Ingmar Bergman

La publicación de los «cahiers» de trabajo de un autor tiene una larga tradición en las letras francesas. Pionera fue, en los años 50, la edición póstuma de «Les Cahiers Albert Camus» en ocho volúmenes y sus «Carnets» en tres libros, de los que dos se tradujeron en Argentina. Unas libretas escolares donde Camus apuntaba sus notas y pensamientos para futuros libros. Este tipo de apuntes personales se dirige a un lector informado, entusiasta del autor y rendido lector de su obra; en este caso el director Ingmar Bergman, del que se acaban de editar simultáneamente en sueco y español sus «Cuadernos de trabajo (1955-1974)» hasta hoy inéditos, coincidiendo con el centenario de su nacimiento. En otoño se editará el segundo volumen, que abarcará desde 1975 a 2001. Para el profano no familiarizado con la otra del cineasta, la lectura puede resultar aburrida. Para los entusiastas es como si le permitieran entrar en la trastienda mágica de su mente creadora y espiar dónde fraguó las ideas que configurarán los guiones de las películas de su etapa más creativa. Todo ello repleto de reflexiones sobre las dificultades de la creación en forma de diario íntimo acerca de sus dudas, desfallecimientos y el temor a fracasar: «Hay en mí un rasgo de criatura herida, de confusión extraña con la que siempre tengo que luchar y que me irrita».

La mayor preocupación de Bergman es el tortuoso camino a su conciencia: «Cada vez que voy buscando hacia el interior, hacia lo que yo creo que es importante, ese algo se desintegra y se divide o se desvanece». Y como telón de fondo el inacabable debate religioso que ocupa su filmografía de forma intensa hasta «Los comulgantes» (1963). Filme con el que lo da por finalizado. Hasta entonces, Dios y su silencio, la fe, la culpa, la muerte, el perdón y el vacío espiritual ocupan gran parte de su obra. «Dios, dame fuerza para encontrar el fundamento de esta película. Para no construirla de un modo irresponsable y afectado». Un proceso intelectual que permite vislumbrar cómo la obra de arte acaba ocupando el lugar de Dios. También es lógico que aparezca la relación entre cine y teatro. Como escribió en su autobiografía: «El teatro es mi mujer y el cine mi amante». El cine, para él «es como una droga».

Un imbécil soberbio

Tras el éxito en Cannes de «El séptimo sello» (1957) vuelve a manifestar su preocupación por la vanagloria. Como todo maniaco depresivo, se flagela por ello: «Y soy un imbécil, un imbécil soberbio, atormentado por mi soberbia de un modo rayano en la tortura». Aunque acabe cediendo: «Me refuerzo con un libro francés sobre Ingmar Bergman lo cual es naturalmente un tanto vergonzoso pero bastante grato. Uno se vuelve más real así o también resulta agradable que la gente se lo tome en serio».

A veces escribe en tercera persona, dirigiéndose a sí mismo y a un lector futuro: «Así que querido señor Bergman. Después de tanta charla… hemos llegado a lo siguiente». Gran parte de estos cuadernos lo ocupan cómo ideó algunos de los guiones más importantes de esta etapa áurea, sin duda la más creativa de su larguísima carrera, que ocupa desde los años 40 hasta el comienzo de 2000. Es decir, del fulgor del cine de autor, del que es su representante más conspicuo. Desde «Un verano con Mónica» (1953) pudo realizar sus melodramas existencialistas sin preocuparse del público ni de la taquilla y construir así sin cortapisas una obra artística coherente con su mundo personal. Sin mixtificaciones ni concesiones. Dispuesto a plasmar su mundo interior de forma que constituyera el equivalente cinematográfico a cualquier obra de arte autónoma.

Sus reflexiones sobre el arte, la creación y el tortuoso camino hasta lograrlo son esenciales. Enfrentado a la problemática social, pues «el sentido mismo de la obra de arte se convierte en una farsa ridícula». Para Bergman «el arte es asunto de los propios artistas y de sus consumidores». Como buen obsesivo, sus quejas sobre sus carencias y limitaciones son continuas: «Desde un punto de vista intelectual, tampoco estoy provisto del conjunto de herramientas que me gustaría tener. Pero sí que veo y oigo cosas , eso es lo más importante». Un buen resumen de todo ello es esta reflexión sobre su cine: «Voy a escribir como siento que debo y como quieren mis personajes. No como quiere la realidad exterior».

Esa máxima gobernará su trabajo a lo largo de seis décadas hasta convertirse en un maestro del cine de autor, uno de los más premiados y reconocidos del mundo. Un icono sueco tan popular, pese a su densidad y complejidad en su disección del alma humana y sus tribulaciones existencialistas, como Greta Garbo, Ingrid Bergman, Pipi Calzaslargas, el detective Wallander, de Henning Mankell, y Stieg Larsson.

Source: Libros

Fuente Original: El vértigo de ser Ingmar Bergman

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Author: admin

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